El recogedor de
estrellas
En Colombia, un país lejano pero no tanto, en una de
las Universidades de Medellín, la Universidad pública de Antioquia, hay
una estatua. En ella se muestra un hombre agachado que recoge una
estrella del suelo, de las muchas que hay caídas. Bajo uno de sus
brazos sujeta un cenacho cargado también de estrellas. Es una estatua
grande, algo mayor que de tamaño natural, situada en el centro de un
pequeño jardín rodeado de Facultades, en medio de una vegetación que,
viniendo de nuestro país, casi sobrecoge.
La primera
vez que la vi eran poco
más de las nueve de la mañana. La luz y el aire olían a
tranquilidad. El campus se iba llenando de alumnos, pero nadie parecía
hacer caso del "recogedor de estrellas" (así es como llaman a la
estatua). Volví a verla muchas veces, era como una especie de imán. Me
contaron el significado al cabo de varios días (se trataba de algo
relacionado con los campesinos y las cosechas), pero ese significado
llegó tarde: ya me había construido el mío.
La magia del lugar en el cual se
levanta la estatua, junto con el hecho de encontrarme todavía bajo los
primeros efectos del impacto que me produjo la realidad colombiana, de
muy difícil digestión, sin duda debió influir.
En Colombia
deben haberse perdido
muchas estrellas. Muchas ilusiones, esperanzas y proyectos deben haber
quedado por el camino. Sin embargo, allí estaba la Universidad, como un
símbolo de convivencia; como un intento de cordura; como un desafío a
tanta barbaridad. Y, en una discreta esquina de ese microcosmos, casi
pasando desapercibido, El Recogedor de Estrellas: porque alguien tendrá
que recoger esas estrellas caídas para que no se pierdan. Porque las
esperanzas y las ilusiones de un pueblo no se pueden ni deben perder
jamás. Ese era el símbolo, mi símbolo, de la estatua. Y esa
debía ser, en parte, la función de la Universidad: recoger las
estrellas perdidas a lo largo del camino para que, a partir de ellas,
pudieran construir un futuro mejor.
La
imagen del recogedor de estrellas
no me ha abandonado. En cierto modo, su historia -mi historia-
me ha ayudado a entender una de las funciones del profesor. El profesor
es también un recogedor de estrellas: las que nuestros alumnos van
perdiendo a lo largo del complejo y difícil proceso de desarrollo
personal durante la adolescencia. Las esperanzas que con frecuencia
acaban en frustraciones; las alegrías que se convierten en temores; las
certezas que se transforman en dudas; los anhelos que pasan a ser
decepciones; los esfuerzos que acaban en desencantos. Incluso su propio
"yo", que a veces se les desdibuja tanto que acaba haciéndose
irreconocible: ésas son sus estrellas perdidas.
El
profesor, recogedor de estrellas,
las recoge y las guarda para devolvérselas al mismo tiempo que les
enseña contenidos nuevos, en esa "larga conversación" que constituye el
proceso de enseñanza-aprendizaje. Para que las recuperen y las
conserven. Para que no las olviden. El futuro no se debe construir
sobre desamores, ni el conocimiento sobre frustraciones.
El
profesor como recogedor de estrellas nos recuerda que, en última
instancia, el objetivo del proceso de influencia educativa no se limita
a la transmisión de unos conocimientos, sino que pretende lograr
personas responsables, tolerantes y amables, con capacidad y voluntad
de convivencia, para que estén en situación de construirse un futuro
común mejor.
(Alguien
que demostró conocerme y quererme mucho fue capaz de buscar y encontrar
una réplica de esta estatua. La tengo en mi estudio y, en cierta
manera, a lo largo de todos estos años, cuando la miro me recuerda qué
pinto yo en toda esta historia)
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